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Institucional • Historia

Mirar para atrás - Historia del edificio de Corrientes 1441

Y hablame simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido - Cátulo Castillo -

Corrientes. Angosta o Ancha. Con sus marquesinas y su eterno insomnio. Con teatros de actores míticos y cines de cielo en techo. Arteria principal de Buenos Aires: aorta de diversión, tango, de locura, oxígeno y de buena vida. Comienzo de cementerio, más adelante mercado de Abasto y comercio. Después, corazón latiente de justicia y final de Río de la Plata agotado de estar de espaldas. Y ese mojón-Obelisco blanco contenedor de ilusiones, de cuentos del tío y de imagen segura para el que regresa. Esa es Corrientes.

Ahora el Colegio está aquí. Sobre el 1441/7. Buenos Aires vive surcada de historias: no todas periodísticas ni célebres, pero cada una, indefectiblemente, llena de pasión. No hay cuatro paredes, en esta ciudad ni en esta avenida, que estén solas. Y no son fantasmas, ni cultura vieja, ni nostalgia de lo que ya fue. Es la huella segura en el camino de definirse, es el distintivo, la fuerza de una nacionalidad y una idiosincrasia.

Por este sitio han pasado el cine, el tango, el folklore y la literatura nacional. No es un mero recuerdo. No. Es la respiración de esta Buenos Aires tan habitada.

La aventura de un italiano

Mario Gallo bajó de un barco, como tantos inmigrantes, en 1905. Tenía 27 años, un diploma de profesor de música y la dirección del coro de una compañía de operetas. No sabía el idioma, no poseía un centavo, pero una idea lo obsesionaba: hacer cine.

Hasta entonces y desde 1896, los porteños gozaban de las proyecciones de vistas. Marcela Cassinelli, una de las autoras del libro Historia de los primeros años del cine en la Argentina, dice: "quienes iban a Europa compraban cámaras y filmaban sus actividades sociales, que la gente iba a ver".

El caso es que Gallo se convirtió en el primer director argumental de la historia del cine nacional con La revolución de mayo, que se estrenó el 22 de mayo de 1909 en el Teatro Ateneo. Su estudio de filmación, improvisado y febril, era la terraza del restorán Spiedo, de Vila, que estaba donde hoy se halla el edificio del Colegio Público de Abogados.

Gallo filmó sus siguientes dos películas en el mismo lugar: La creación del Himno Nacional y El fusilamiento de Dorrego. Seguramente, ayudó el hecho de que allí también estuviera instalado el Cine Familiar N° 1. "El acceso a la sala se efectuaba por un patio que comunicaba con el restaurante", consigna Pablo C. Ducrós Hicken, primer investigador del tema, en El Hogar del 24 de julio de 1959.
"Casi todas las cinematografías argumentales del mundo comienzan con hechos históricos. Sin embargo, es extraño pensar en este italiano que vino al país, se ganó la vida tocando el piano, no sabía una palabra de castellano y arrancó con un tema como la Revolución de Mayo que hasta a nosotros, los argentinos, nos cuesta tanto digerir", concluye Cassinelli.

El tango era así, así, así...
En los cuarenta, Corrientes, ya ensanchada, brillaba con propia y certera luz. Ruido, color y música en todas las puertas. Ben Molar, ciudadano ilustre de la ciudad y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, aclara: "Nosotros, los jóvenes de esa época, veníamos de los barrios a ser felices con nuestro tango. Éramos los 'copropietarios' de la calle Corrientes".

"Pero el verdadero color de la gente -dice Leopoldo Marechal en Historia de la Calle Corrientes- se manifiesta en los cafés". Así La Armonía -ubicada en la planta baja de lo que hoy es el Colegio- se convirtió en un lugar de desfile de casi toda la grey tanguera: Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, José Basso, Alberto Marino, Roberto Grela, Francisco Fiorentino, Ubaldo de Lio, Jorge Vidal, Héctor Mauré, Elsa Rivas -entre muchos otros-. "Con Héctor Coire, ese grande de la televisión argentina, íbamos todas las noches a La Armonía. Entrábamos al principio o al final de la recorrida que duraba hasta la madrugada. Vi a tanta gente pasar por ahí", cuenta Molar.

En 1952, el maestro Horacio Salgán se había quedado sin cantores. Por entonces el músico hacía dos y tres entradas por día en La Armonía y le pidió a su representante que consiguiera uno. Entonces, Justo José Otero, que se jactaba de haber descubierto a Edmundo Rivero, le dijo: "hay un pibe por mi barrio que canta de maravillas". En realidad, Otero conservaba desde hacía dos años el teléfono de un muchacho rubio que era chofer de la línea 219 al que había escuchado en el colectivo. "Que venga mañana", contestó Salgán.

Al día siguiente, Roberto Goyeneche se presentó ante uno de sus ídolos. "¿Qué quiere que cante, maestro?", habló tímido. "¿Qué sabés?, lo apuró el músico. "Alma de loca", arriesgó el Polaco. "Dale", y entonces comenzó a cantar. No terminó la pieza. Salgán, sonriendo y desde el piano, lo mandó a comprarse un traje negro. "Empezás mañana", le dijo. Así es que el Polaco estacionaba el bondi en la puerta de La Armonía, entraba a cantar y después seguía su recorrido. Con el tiempo dejó el trabajo de colectivero, pasó de la orquesta de Salgán a la de Aníbal Troilo, fue solista y se convirtió en ese duende de la intensidad que la ciudad tuvo la certeza de poseer.
"La confitería tenía un salón enorme con mesas y un escenario al fondo. Escuchabas a la orquesta y tomabas algo. Los fines de semana a la noche se llenaba", asegura Alberto Scazziota, empleado del Colegio y habitué del lugar.

Tampoco faltaron los personajes. Uno de ellos: el cantante gorila. El caballero se descolgaba con una liana por el techo de La Armonía disfrazado de mono, para luego interpretar unos tangos. Minusválido por la parálisis de sus piernas, había encontrado la forma de hacer lo que más le gustaba: cantar. Pero la sorprendente aparición "no tenía un pito que ver con lo que el hombre venía a decir después: la historia de Estercita o de Ladrillo", narra Edmundo Rivero en su libro Una luz de almacén.

En 1959, Armando Pontier junto a Oscar Ferrari inauguran en el primer piso de Corrientes 1443, la confitería Siglo XX. "Estaban el Polaco, (Juan) D'Arienzo... Julio Sosa venía a la una de la madrugaba cantaba y después se llevaba a la gente a su café de Corrientes y Ayacucho", recuerda José Nodrid, dueño de La Giralda, confitería vecina al Colegio.

Cuando La Armonía cerró sus puertas -a principios de la década del sesenta- se abrió Patio de Tango. Azucena Maizani, Alfredo Gobbi, Juan Caló, Raúl Lavié y otros, fueron de la partida.

Mucho sentimiento tanguero se acomodó en este espacio. Tanto que el 12 de enero de 1960, las puertas de La Armonía no se abrieron. Un triste cartel rezaba: "Hoy cerrado. El tango está de duelo. Ha muerto Carlos Di Sarli".

El cantor de las cosas nuestras

Antonio Tormo tiene hoy una mirada celeste y cristalina. Está intacto, en plena actividad y, según sus propias palabras, "hago lo que ningún cantor hace: voy a vocalizar dos veces por semana". Él hombre que en el '50 vendió 3.600.000 copias de El rancho e' la Cambicha, vino a ver que quedaba del lugar donde se presentó el 18 de junio de 1951.

"En La Armonía los hombres pasaban las horas tomando café. Entonces, me contrataron a mí y comenzaron a venir las familias", asevera Tormo. En su época de mayor esplendor, el folklorista llenaba la confitería y dejaba gente afuera. "En La Armonía canta Tormo, y tiene éxito. Por fin el popular gauchito quebró el temor de un debut en la calle Corrientes", publicó P.B.T. el 6 de julio de 1951.

Su actualidad sigue siendo la de un artista: en abril va a Estados Unidos junto con Alberto Castillo y el 25 de mayo será nombrado "Personalidad Emérita de la Cultura Nacional". Un homenaje merecido para un hombre que sigue ofreciendo su arte de pueblo en pueblo.

Legítimos dueños

"Sin lugar a dudas, quienes hoy tienen el edificio -los abogados- eran los más habitué", afirma Guillermo González, ex gerente de relaciones públicas del restaurante La Emiliana, y no se equivoca. Pero también es cierto que el establecimiento que llegó a 110 años de permanencia en la ciudad, construyó sobre sí un universo propio.

Emilia o Emiliana era el nombre de la hija de los fundadores, que en 1882 se instalaron en el Barrio de Once. Llevada por la tradición familiar la muchacha se casó con un señor Michelotti y juntos mudaron el restaurante a Paraná 332. Luego sus hijos inauguraron -el 17 de junio de 1930- otro local en Paraná 348. La crisis del '30 los obliga a cerrar ese negocio y vender el otro a la firma Zanoni y Cuenca. En la nochebuena de 1934 se traslada a Corrientes 1431 y, en el año 1972, La Emiliana pasa a ocupar el edificio de Corrientes 1443, para cerrar sus puertas definitivamente en 1992.

Mucha historia ha pasado por sus salones y lo más correcto es, quizá, atesorar una frase de Osvaldo Balboa, uno de los últimos dueños del restaurante: "Cualquier nombre que pienses pasó por La Emiliana: desde Marcel Marceau hasta Umberto Illia, desde Susana Giménez hasta Italo Luder".

Cuentan que Macoco Álzaga Unzué -ese bon vivant de los '20- bailó un tango allí, sorprendiendo a la concurrencia; que Carlos Gardel amaba su puchero a la pica-terra; que los tallarines Don Ernesto -con una suave salsa de tomate, jamón picado, crema, un poco de queso parmesano y otro poco de gruyere fundido con un golpe de horno- deben su receta a Sábato; que una noche Homero Manzi alquiló el restorán para agasajar a la mujer que amaba, que a Jorge Luis Borges le encantaba comer allí pollo grillado con verduras hervidas. Y pocos, muy pocos, pueden olvidar su Omelette Surprise.

Hasta Adolfo Bioy Casares, recientemente fallecido, lo mencionó en su cuento Historia Prodigiosa: "La fugitiva luz de un automóvil que partía entró en el coche e iluminó las piernas de Olivia. Parodiando a nuestro querido amigo el filósofo de La Emiliana, ese infatigable comentarista del sexo femenino, me dije: 'Parecen torneadas por un dios voluptuoso'".

Y aunque hoy resulte imposible concebir la idea de un lugar similar -mozos sin apuro y con guantes blancos, maitre con tres idiomas, portero de uniforme y galera- La Emiliana, ese porteño ya extinguido, formó durante más de un siglo la tradición de la cocina de Buenos Aires.

Por Carolina Belvis
Publicado en Revista Abogados de Abril de 1999

Bibliografía:
Archivo de la Academia Porteña del Lunfardo
Archivo del Museo de la Ciudad
Archivo del Museo Municipal de Cine Pablo C. Ducrós Hicken
Archivo personal del Señor Antonio Tormo
El Buenos Aires de Angel G. Villoldo 1860...1919, Enrique Horacio Puccia. Ed. Buenos Aires, 1976
El Buenos Aires de Borges, Carlos Alberto Zito, Ed. Aguilar, 1999
El libro del tango. Arte popular de Buenos Aires, Horacio Ferrer. Ed. Antonio Tersol,1980.
El Polaco, la vida de Roberto Goyeneche, Matías Longoni y Daniel Vecchiarelli. Ed. Atuel, 1996
El tango y sus intérpretes, Roberto Gutiérrez Miglio, Ed. Corregidor, 1994
Final, Ben Molar, Ed. El pez del pez, 1994
Historia de la Calle Corrientes, Leopoldo Marechal, Ed. Paidos, 1967
Historia de los primeros años del cine en la Argentina, Guillermo Caneto, Marcela Cassinelli, Héctor González Bergerot, César Maranghello, Elda Navarro, Alejandra Portela y Susana Strugo. Ed. Fundación Cinemateca Argentina, 1996
Historia prodigiosa, Adolfo Bioy Casares, Ed. Universidad Alcalá de Henares, 1991
Horacio Salgán, la supervivencia de un artista en el tiempo, Sonia Ursini, Ed. Corregidor, 1992
Los grandes del tango, 1991
Una luz de almacén, Edmundo Rivero. Ed. Emecé, 1982.

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